Vicente F. Hurtado

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#Relato: La decisión de Geraint

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#Relato incluido en la III Antología de Relatos Fantásticos «La Bruma» de la Escuela de Fantasía.

LA DECISIÓN DE GERAINT

A mi pequeña golondrina.
Nunca dejes que nadie te robe tus nidos imaginarios.


Uno de los hombres-cabra que defendían la playa corrió hacia Geraint y embistió contra su escudo. El caballero aguantó el golpe, se lo quitó de encima de un empujón y le rajó el cuello con la espada. Un chorro de sangre le salpicó el rostro y tiñó de rojo la barba cana que le asomaba bajo el yelmo. Volteó de nuevo el arma y, de un golpe certero, decapitó al fauno. Bajó la espada y exhaló un suspiro de cansancio. Le dolían los brazos y sudaba copiosamente bajo la cota de malla; los años no pasaban en balde, ni siquiera para un caballero de Camelot.
Giró sobre sí mismo buscando más contrincantes y se quedó helado cuando miró hacia el mar. Una barrera de bruma, a unas dos o tres varas de la orilla, ocultaba el extenso océano que rodeaba la isla de Ávalon. La nave rápida y ligera en la que llegaron había sido engullida por la niebla.

—¡Por Cristo! —exclamó el caballero, y se santiguó con la empuñadura del arma.

Knut, el guerrero alto y robusto que capitaneaba a los diez mercenarios nórdicos que estaban al servicio de sir Geraint, dejó sin rematar a un fauno —que coceaba en el suelo con las tripas fuera de la barriga— y se volvió hacia el océano.

—¡El barco! —rugió Knut—. ¡No está!

Los escasos hombres-cabra que podían moverse huyeron hacia el interior de la isla y en la playa solo quedaron Geraint, Knut, tres mercenarios —uno vomitando bilis en la arena y los otros dos rematando a los faunos agonizantes— y el hermano Paul, que paseaba entre los hombres caídos repartiendo la extremaunción.

Geraint clavó la espada en la arena de la playa y soltó el escudo. Se desabrochó las correas de cuero del casco y lo lanzó al suelo. Tuvo que pedir ayuda al capitán de los mesnaderos para deshacerse de la cota de malla; la camisola que llevaba bajo ella estaba empapada.

—Hay que buscar el barco, sir —dijo Knut y dejó caer la cota de malla del caballero sobre el escudo.

—Ya pensaremos en eso más tarde —manifestó Geraint sin mostrar preocupación—. Ahora tenemos que encontrar la tumba de Arturo. —Tosió y escupió. El esputo de sangre cayó sobre el protector de la nariz de su yelmo.

—Solo somos cinco en condiciones de luchar, mi señor —dijo Knut—, sin contar al sacerdote. Y usted no tiene buen aspecto, sir. —Miró sin disimulo el salivazo sanguíneo.

—¿Tienes miedo, bárbaro? —preguntó Geraint con desdén—. ¿Te han asustado los faunos?

—Esas putas cabras... o lo que sean, han matado a siete de los míos —replicó el nórdico con rabia—. Sí, me han asustado. Esta isla apesta a brujería.

Geraint sacó la espada de la arena y apuntó con ella hacia la barrera de bruma.

—Pues ya sabes cuál es el camino de regreso. Vuelve a casa con tus mujeres —le provocó—, quizá te dejen que las ayudes a limpiar arenques.

Knut apretó los dientes y entrechocó hacha con escudo. Los otros tres nórdicos se colocaron tras su capitán. Geraint se quitó la camisa y dejó ver su cuerpo envejecido, pero fuerte aún, y rasgado por decenas de cicatrices. Asió la espada con ambas manos y se puso en guardia. El norteño sacó la lengua y lamió la sangre que se había quedado pegada al filo de su hacha. Sonrió y mostró los dientes ennegrecidos.

—De acuerdo. —Inclinó la cabeza ante el caballero, pero sin dejar de retarle con la mirada—. Ya que hemos llegado hasta aquí, busquemos esa tumba. Pero nuestro trato ha cambiado. Aparte del salario convenido, todo lo que encontremos que no sean huesos y harapos será nuestro... sir.

Geraint asintió y bajó la espada. A él solo le importaban los restos del rey Arturo.

—Entonces —habló Geraint intentando que su voz sonase recia— descansemos un rato y encomendemos nuestras almas a Dios antes de explorar...

Christus Rex! —le interrumpió el hermano Paul—. ¡Mirad, sir!

El caballero y los mercenarios se fijaron en la mujer que se acercaba a ellos caminando por la arena que lamían las olas. A cada paso que daba, el mar retrocedía. Ni una sola gota de agua tocó sus pies desnudos. Era hermosa, sin duda. De piel pálida y pelo pajizo. Caderas anchas y pechos plenos que podían intuirse bajo el vestido blanco que la cubría. La brisa cambió de dirección y sopló contra ella, ciñendo la tela a su cuerpo. Knut se adelantó un par de pasos y los suyos lo siguieron.

—¡Quietos! —ordenó Geraint—. No sabemos qué o quién es... ¡Cristo bendito! —exclamó horrorizado cuando la reconoció—. ¿Enid? ¿Eres tú? No, no es posible.

Knut miró sorprendido a su patrón y preguntó.

—¿Cómo es posible que la conozca, sir?

—No puede ser. Ella murió —balbuceó el caballero ignorando las palabras de Knut—. Mi esposa murió hace años... ¡Enid! —la llamó.

La mujer soltó los tirantes del vestido y lo dejó resbalar con suavidad por su cuerpo. El hermano Paul cayó de rodillas y se retorció las manos con tanta fuerza que sus huesos crujieron. Comenzó una oración, pero la boca se le llenó de espumarajos y acabó gruñendo como un perro rabioso. Knut tiró hacha y escudo, y avanzó tambaleante hacia ella. Geraint fue tras él y le agarró con fuerza del brazo. El nórdico se giró; tenía los ojos en blanco y babeaba como un niño destetado. Estampó su puño contra la cara del caballero y lo tiró al suelo. Después le pateó la cabeza con tal brutalidad, que a Geraint se le nubló la vista y perdió la consciencia por unos instantes.
El caballero no tardó en recuperarse y escuchó jadeos y voces roncas que le obligaron a levantar la cara de la arena húmeda. Se incorporó mareado y buscó su arma; como no la encontraba agarró el hacha de Knut.

—¡No! —gritó Geraint a los mercenarios— ¡Dejadla! —Avanzó hacia ellos con intención de atacarlos, pero se quedó paralizado cuando contempló la escena que se desarrollaba a pocos pasos de él.

Su esposa estaba a cuatro patas en la arena y Knut la embestía con fuerza por detrás. El hermano Paul estaba frente a Enid y chupaba la cara de la mujer mientras se masturbaba bajo la sotana. Ella jadeaba y reía. Los otros tres hombres presenciaban en silencio las acometidas de su capitán.
Geraint, aturdido e incrédulo, se estremeció al escuchar el alarido de placer de Knut cuando se vació dentro de ella. Uno de los soldados ocupó el lugar de su jefe y la mujer giró la cabeza para mirar al caballero. Sacudió la melena color paja y esta se oscureció hasta tomar el tono de las plumas de un cuervo. El rostro de Enid desapareció y otro se manifestó en su lugar. Geraint la reconoció al instante: radiante, soberbia e igual de joven que cuando la vio por primera vez, hacía décadas, en Camelot.

—¡Morgana! —gritó Geraint— ¡La bruja Morgana! —Ninguno de los presentes pareció escucharle.

Ella sonrió con malicia y señaló a los que esperaban su turno.

—Mátalos, querido —ordenó a Knut.

El nórdico, con la verga aún fuera del pantalón, se volvió hacia los dos mercenarios, los agarró del cuello y apretó hasta estrujarles la laringe. Ninguno de ellos intentó defenderse ni se quejó. Cuando los soltó, cayeron sobre la arena como dos sacos de harina.
Mientras tanto, Morgana puso las manos sobre el rostro del hermano Paul y, con exquisita precisión, le sacó los ojos de las cuencas con los pulgares. El sacerdote aulló de dolor y reculó por la arena en un vano intento de huir. Knut se acercó a él y le tumbó de un manotazo. La mujer arqueó la espalda de un modo sobrenatural y agarró la cabeza del que se la estaba follando. Con un movimiento casi imperceptible, partió el cuello del hombre. Paul no cesaba de gritar y el nórdico volvió a golpearle, a la vez que reía de manera demencial. Morgana se puso en pie y le hizo una reverencia al caballero.

—Bienvenido a Ávalon. —La bruja se llevó las manos al pecho y unió su risa a la de Knut.

Geraint tiró el hacha, corrió hacia el mar y entró en la bruma. Cuando el agua le llegaba a la altura del pecho, la fuerza de una ola lo engulló.
De inmediato cesaron los gritos del hermano Paul y la risa frenética de Knut y Morgana. Le envolvió una sensación de paz que lo apaciguó. Quiso quedarse allí, sumergido para siempre, escuchando tan solo los latidos de su corazón. Un espasmo le sacó del ensueño y el miedo se apoderó de él. Sacó la cabeza en busca de una bocanada de aire y descubrió que cielo y mar competían por lucir el azul más puro; la niebla había desaparecido.
Cuando aún contemplaba el cielo diáfano, algo cayó a su lado y le salpicó. La cabeza decapitada de Knut se dejó acunar un instante por las olas y se hundió sin prisa hasta desaparecer. El caballero miró hacia la orilla y allí estaba Morgana. Lucía una túnica púrpura, sobre la que se había echado una capa negra, y se había recogido el pelo en una trenza que le llegaba hasta la cintura.

—Querido Geraint —saludó Morgana con ironía—. Veo que el paso del tiempo no os ha tratado muy bien. Estáis viejo.

—¿Y el sacerdote? —preguntó lo primero que se le vino a la cabeza; estaba acorralado entre el agua y la bruja.

—No preguntéis lo que ya sabéis, anciano —contestó la mujer con dureza, pero casi al instante suavizó la voz—. Ahora salid del agua y venid conmigo. Paseemos por la playa. —Le le ofreció la mano.

Geraint dudó, pero sabía que su otra alternativa era nadar mar adentro y morir ahogado, así que se acercó a la orilla y aceptó la mano de Morgana. Ya no tenía nada que perder.

—Por cierto —dijo ella cuando le amarró—, no volváis a llamarme «la bruja Morgana», soy Morgana, la Reina de las Brujas. No lo olvidéis.

—No juguéis conmigo y acabad de una vez —replicó Geraint y se santiguó—. No temo a la muerte.

—Sinceramente, es algo que no me importa —comentó con desdén—. Lo que sí me ha sorprendido es que consiguieseis llegar hasta aquí. Vuestra alma no es pura y tenéis las manos manchadas de sangre inocente. ¿Qué buscáis en Ávalon?

—Los restos de Arturo. —El caballero no titubeó—. Quiero llevarlos de regreso a Camelot, a su hogar.

—¡Oh! —exclamó sorprendida—. ¡Es el amor por vuestro rey lo que os trajo aquí! —dijo con tono mordaz—. A ella tampoco habéis dejado de amarla, ¿verdad?

—Eso nunca —afirmó Geraint con aplomo.

—Lástima que muriese tan joven. Debió de ser un golpe muy duro para vos perder tan pronto a la dulce Enid.

—No habléis de ella. —Apretó los puños y tensó los músculos de los brazos, pero no osó moverse.

—Relajaos, sir Geraint —comentó ella sonriendo con prepotencia—. Os regalaré un consejo: no es bueno amar a los muertos, pues vuestro amor nunca será correspondido. —Luego le señaló moviendo el dedo índice—. Pero me habéis impresionado al haber conseguido encontrar Ávalon. Aunque debéis saber que el hogar de Arturo está aquí, no en vuestro mundo.

—Yo solo conozco un mundo y mi rey debe descansar en su tierra, no en esta... isla —recalcó con desprecio la última palabra.

—¿Acaso os pensáis que él descansa en un sarcófago decorado con incrustaciones de marfil y oro? —preguntó Morgana y se frotó las manos—. ¿O quizá es esto lo que buscáis? —Un río de monedas doradas manó de los dedos de Morgana—. ¿Riquezas?

—No busco fortuna —afirmó con tenacidad—. Quiero llevar lo que quede de mi rey a...

—Sí, sí —le cortó ella—, ya lo habéis dicho antes. No seáis tedioso.

—Pues ese era mi deseo —insistió—. Aunque eso ya no será posible. Así que acabad conmigo de una vez. Estoy preparado para morir.

—Pero ¡qué patético sois! —resopló hastiada y se quitó la capa—. Imagino que antes de morir os gustaría ver la tumba de vuestro rey, ¿cierto?

—¿Puedo verla? —preguntó ansioso—. ¿Dónde está?

—Estáis sobre ella, caballero. —Morgana miró la arena y extendió los brazos—. El cuerpo de Arturo fue quemado en una pira y sus cenizas esparcidas en esta playa. Así que veo difícil que podáis llevaros todos sus restos.

Geraint cayó de rodillas, consternado. Tomó un puñado de arena y dejó que se escurriese entre sus dedos.

—Entonces mi viaje ha sido en vano.

—Ningún viaje resulta estéril —le contradijo ella—. Siempre se llega a algún lugar.

—Desde que mi esposa murió, he estado recorriendo mar y tierra en busca de la tumba de Arturo. —Geraint soltó una carcajada impregnada de desesperación—. ¡Solo quería tenerlos cerca a ambos!

—Es algo bastante ridículo para mi gusto, pero os honra.

—¿Por qué os transformasteis en ella? ¿Por qué tuve que verla... así?

—No hay recompensa sin sufrimiento. Era necesario. Aunque es cierto que quizás me excedí un poco. A veces, me dejo llevar. —Soltó una risa ligera y se tapó la boca al igual que lo haría una cortesana bien educada.

—Me hicisteis ver como mi esposa era mancillada para... ¿reíros de mí? ¿Acaso me convertiré a partir de ahora en vuestro bufón?

—Meted las manos en la arena. —Geraint hizo mención de protestar, pero ella negó con la cabeza y señaló el suelo—. ¡Hacedlo! —La voz de Morgana retumbó por la playa como si un centenar de mujeres gritasen a la vez.

El caballero obedeció e introdujo las manos en el manto de arena. Para su sorpresa topó con dos objetos de tacto metálico. Su mano derecha sacó con facilidad una copa sencilla de metal desgastado. Con la izquierda tuvo que hacer más fuerza y, a tirones, extrajo una espada de hoja larga y doble filo, de guarda recta y empuñadura labrada. Geraint levantó la cabeza y miró a Morgana buscando respuestas.

—¿Esta es...? —dudó y no acabó la pregunta.

—Sí, caballero, esa es Excálibur —le confirmó ella—. Nimué me la entregó antes de recluirme en Ávalon.

Geraint, ensimismado, alzó el arma y dejó que el sol brillase en su hoja.

—¿Y esta copa? —preguntó, pero sin poder quitar la vista de la espada de Arturo.

—Nada, una bagatela —dijo Morgana con ingenuidad fingida—. Creo que algunos la llaman el Santo Grial.

—¡Cristo! —Geraint soltó a Excálibur y tomó el cáliz con ambas manos.

—Pues elegid —le soltó al caballero—. El cáliz o la espada.

—¿¡Qué!? —Soltó la copa—. No puedo hacer eso.

—Claro que podéis, y lo haréis.

—¿Y si no quiero nada? —preguntó Geraint con cautela.

—Os dije antes que no preguntéis lo que ya sabéis.

—¿Puedo saber qué ocurrirá si elijo una cosa u otra? —preguntó de nuevo, aun a sabiendas de que podía desatar la ira de la bruja.

—Sois osado, anciano. Y testarudo —dijo, y suspiró—. Está bien, es justo que lo sepáis. Si escogéis el cáliz, una embarcación os recogerá en esta playa y volveréis a vuestro hogar con el Santo Grial como trofeo. Eso os convertirá en héroe, incluso puede que en rey. —Morgana guardó silencio unos instantes antes de continuar—. Aunque también corréis el riesgo de morir a causa de la codicia de otros.

—Y provocar más guerras —vaticinó el caballero—. Más muerte.

Morgana ignoró el comentario de Geraint y continuó. Aunque no pudo reprimir una leve sonrisa.

—Si es la espada por la que optáis, os quedaréis en Ávalon y seréis el primer custodio del Cáliz de Cristo y guardián de la tumba de Arturo hasta que otro, digno de serlo, ocupe vuestro lugar. Pero es posible que nunca aparezca nadie —dijo esto último despacio, recalcando las palabras.

—Me estáis pidiendo algo imposible. No puedo hacerlo.

—Mi paciencia no es infinita, anciano —le advirtió. La voz de Morgana sonó siniestra—. ¡Elegid!

Geraint tomó la espada y el cáliz de la arena, y se puso en pie.

—¿Puedo verla por última vez? —rogó el caballero—. ¿Escuchar su voz?

Enid le miró con ternura y acarició el rostro de su esposo.

—Sé que harás una elección noble, mi amor —susurró la mujer.

Geraint cerró los ojos y dejó que Enid retirase la mano, despacio, deslizándose sobre su barba cana.
Abrió los ojos. Su esposa había desaparecido. Morgana también. Se acercó a la orilla y una ola se adentró en la playa con más fuerza que las demás. El agua espumosa se arremolinó cerca de los pies del caballero e hizo un agujero en la arena húmeda. El anciano caballero se agachó y depositó el Santo Grial en el hoyo. La bruma brotó del mar y cubrió la isla de Ávalon cuando otra ola llegó para sepultar el cáliz.
Geraint se sentó junto a la orilla y puso a Excálibur en su regazo. Cerró los ojos y aspiró una bocanada de niebla que le supo a sal con regusto de larga espera.

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