Vicente F. Hurtado

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#Relato: Demasiado tarde

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Landahlauts - Cementerio de Granada
Demasiado tarde

El padre Antón Rebollo Guzmán entró en el cementerio de Fuenteánimas con los primeros rayos de sol de la mañana. Caminó con paso rápido —tanto como le permitían sus casi setenta años— entre nichos cubiertos de flores de tela de llamativos colores, seguramente compradas en algún bazar chino de la capital de la provincia, y se dirigió a la parte más antigua del camposanto, donde estaban las lápidas incrustadas en tierra y custodiadas por cipreses. Se paró frente a una de ellas —agrietada y cubierta de moho— que estaba presidida por un bote de cristal medio lleno de agua de lluvia. Pasó la mano por la lápida rugosa, a modo de caricia.

—María —susurró.

El sol se había alzado y arrancaba del barro congelado vapores que envolvían las tumbas. El cementerio olía a tierra mojada y agua estancada. Al padre Antón le alcanzó una ráfaga de viento invernal y se subió los cuellos de la chaqueta. Esa noche había helado y la mañana tardaría en templarse.

—María —repitió.

—¡Hola!

Escuchó la voz infantil tras la lápida. Se asomó por encima de la losa, pero solo había un caracol pegado a la piedra y, en el suelo, una bolsa de pipas Facundo descolorida por los años.

—¿Por qué no viniste ayer? —esta vez la voz sonó detrás de él.

—No pude —dijo el cura volviéndose—. Tenía cosas que hacer.

Frente al párroco se formó la imagen translúcida de una niña de diez años, delgada, con un vestido azul que le llegaba a las rodillas.
La chiquilla giró sobre el padre Antón, tarareando una canción infantil.

Mambrú se fue a la guerra, mire usted, mire usted, que pena.…

—¡Maldita sea! —protestó el párroco—. Deja de dar vueltas. Tengo que hablar contigo.

—Quiero jugar — contestó María.

—No puedes jugar—sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, lo puso sobre una de las lápidas y se sentó. El frío de la piedra le traspasó los pantalones—. Estás muerta.

—¡No digas eso! ¡Mentiroso!

La niña desapareció de la vista del padre Antón por un instante. Reapareció un poco más cerca de él. Estaba a punto de llorar.

—Escúchame, María. Esto no puede ser real. Al principio, cuando te vi por primera vez pensé en fantasmas, en espíritus. Luego creí estar loco. Ahora sé que es mi conciencia la que me habla. Tú estás muerta y no eres real.

—¿Y por qué lo sabes? ¿Eh? ¿Por qué lo sabes? —gritó furiosa.

—Porque ayudé a tu asesino a escapar.

María se sentó junto a él. Pasó su brazo delgado por encima del cuello de Antón y suspiró con fuerza. El párroco se sobresaltó: notó el peso del brazo de la niña sobre él.

—Te ha costado admitirlo, ¿eh, Antón? Nunca habías dicho que él era un asesino.

El cura giró la cabeza. A su lado seguía sentada la misma niña de diez años que llevaba viendo en el cementerio desde hacía varios años, pero su mirada había cambiado, ahora era más profunda, más madura. Y la imagen de ella ya no era etérea, era completa, real.

—¿Quién eres? —preguntó asustado.

—Soy —María le pasó con suavidad la mano por el rostro provocando en él un estremecimiento— aquella misma niña que una tarde de invierno, muy parecida a esta, volvía del colegio y nunca llegó a casa porque la violaron y asesinaron en la sacristía de tu iglesia. ¿Te acuerdas?

El padre Antón notó que se le empapaba de sudor la sotana bajo el abrigo. Un regusto a bilis le subió por la garganta. Por supuesto que se acordaba. En el primer año de sacerdocio de Antón, el padre Miguel Ángel Ruiz de Tejada visitó Fuenteánimas para presupuestar la obra de reforma de la torre de la iglesia.

—Por aquél entonces ya era un triunfador, María. Hablaba y... no sé, era como escuchar a un ángel recitar la palabra de Dios.

—Sí —susurró en la oreja del cura—, era un angelito. ¿Te cuento lo que me hizo tu ángel antes de matarme? ¿Eh, Antón? ¿Quieres saberlo?

—¡No! —se tapó la cara con ambas manos—. Por favor, no. Yo entré en la sacristía y te vi allí, en el suelo, con Miguel a tu lado, medio desnudo... Me asusté. Él dijo que tú le tentaste. Dijo que...

—¡Mentiras, Antón! Eso es lo que dijo. Mentiras —Se puso frente a él y se acercó a escasos centímetros de su cara—. Dime, ¿por qué le ayudaste? —preguntó muy despacio.

—¡Dios! —gimió el párroco—. No lo sé.

—¿No lo sabes? ¡Vaya! No dejaron a mi madre ver mis restos cuando me sacaron del río días después. Y dices que no lo sabes.

—Tuve que ayudarle, tú no eras…

—¿Nadie? —le cortó María—. No era nadie, ¿verdad? Solo una niña pueblerina, la hija pequeña del panadero. Él, en cambio, era importante en el obispado. Un joven con un futuro prometedor.

—Lo hice por la Iglesia. —El padre Antón se levantó de la lápida—. Hubiese sido un escándalo. Lo siento.

—Ahora lo sientes y quieres conseguir el perdón porque no aguantas más, ¿verdad? Eso es egoísmo, Antón, no arrepentimiento.

María se puso de pie. Se alisó el vestido y le miró a los ojos.

—No hay perdón para ti. Es demasiado tarde.

—Lo siento —repitió el párroco.

El móvil del padre Antón sonó rompiendo el silencio del cementerio. Lo sacó de la chaqueta y miró el nombre en la pantalla.

—Es Miguel —dijo mirando la imagen de María que comenzaba a difuminarse.

—Dale recuerdos de mi parte. Dile que pronto nos veremos, muy pronto. A ti te espero antes, Antón. Quizás mañana o pasado mañana, no sé. Cuesta decidir qué día vas a quitarte la vida, ¿verdad, querido?

María sonrió, le lanzó un sonoro beso y desapareció tras la lápida que rezaba su nombre. El padre Antón aceptó la llamada y contestó al teléfono.

—Dígame, señor obispo.

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