Vicente F. Hurtado

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#Relato: El Cachuelo

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Otra historia que he sacado del viejo baúl.
Este relato fue finalista del XXI premio de narración breve "De Buena Fuente" de Logroño y obtuvo un meritorio segundo puesto.
El tema del concurso fue "El Sitio de Logroño"

http://www.revistaviajeros.esEL CACHUELO

Martín Crespo, junto a soldados enviados por el Corregidor de Logroño don Pedro Vélez de Guevara, quemó la casa en la que vivía y destrozó el huerto de cebollas que daba a la ribera ignorando los lloros de Simón, el Cachuelo, que no entendía por qué no era suficiente con atrancar la puerta de la morada para que no entrase nadie. La casa estaba fuera de las murallas, cerca del convento de San Francisco, y se dio orden de destruirla —junto al resto de viviendas, huertos y el hospital aledaño al convento— para preparar la defensa de la ciudad frente al ejército franco-navarro del general André de Foix, señor de Asparrot, que avanzaba hacia Logroño para entrar en Castilla.

Simón era hijo de Pedro García, Pedrín, que se marchó a Los Arcos a trabajar de jornalero cuando murió su esposa al dar a luz a una criatura sin vida y dejó a Simón, su único hijo, en manos de la caridad de los vecinos. La esposa de Martín, Marta, convenció a su marido para que el Cachuelo viviese con ellos. En un principio, Martín era reacio a meter en su casa al desmañado hijo de los vecinos, pues dudaba de que fuese capaz de hacer algo de provecho. Contaban las malas lenguas que Pedrín se fue lejos de Logroño porque no soportaba al Cachuelo y aprovechó la muerte de su esposa para alejarse de él. La madre de Simón solía decir que el exceso de bondad de su hijo le había mermado las entendederas. Otros muchos comentaban, su padre el primero, que era tonto.

Martín, dada la insistencia de su mujer, acogió al Cachuelo. Para su sorpresa, el primer día de convivencia con ellos Simón se presentó a la hora de cenar con unas rollizas ratas de agua colgadas del cinturón y un cesto de ancas de rana.

—¿Ves? —dijo Marta con retintín a su marido—. Sabe bichear por el río mucho mejor que tú, Vasco.

A Martín le apodaban el Vasco porque, siendo niño, tuvo que abandonar Logroño e irse a vivir a Bermeo con unos familiares al morir sus padres. Había sido soldado a las órdenes de don Pedro Navarro y participó en la toma del Peñón de Vélez de la Gomera en 1508; historia que contaba siempre que bebía más de un cuartillo de vino, cosa bastante habitual. Cuando regresó a su tierra, ya entrado en años, se afincó en una vivienda cerca de la de Simón y se casó con Marta, una viuda albeldense con dos hijos ya criados que trabajaba sirviendo en casa de un licenciado de Logroño. Por su condición de antiguo soldado —soldados viejos, los llamaban— era respetado por muchos, pero otros tantos pensaban que era un viejo cuentacuentos que sólo había demostrado su bravura bebiendo vino en las bodegas y que se gastaba las rentas que había ahorrado jugando a los naipes en la taberna.

Lo único que le prohibió Martín a Simón cuando fue a vivir con él fue tocar la espada —toledana de cruz decorada— y la daga de su época de soldado, que guardaba envueltas en paño engrasado en un rincón de la cocina. Los pocos días que Martín llegaba sobrio a casa, las desenvolvía y dejaba que Simón mirase embobado mientras él les daba un repaso para mantenerlas en buen uso.

El Cachuelo estaba encantado con el cambio de hogar, a pesar de haber perdido a su madre que, hasta entonces, había sido la única persona en el mundo que le había querido. Aunque Martín era severo y amigo del pellejo de vino, al menos no le pegaba ni le insultaba por cualquier motivo como lo hacía su padre.

Martín intentó explicar a Simón por qué era necesario quemar la casa, pero este no lo entendió. Así que tuvo que soltar la mano y decirle que las cosas eran así porque lo decía él y, «no hay más que hablar»; coletilla que solía largar para no extenderse en explicaciones. Simón no dejó de lloriquear hasta que, para apaciguarle, Martín le dijo que podía hacer de recadero y correveidile para él en caso de ser asediada la ciudad. El Cachuelo, cesando lloros de inmediato, le pidió permiso para llevar espada y, según sus palabras «cortarle los huevos al general esparragot ese». Martín le negó arma de cualquier tipo. Dijo a Simón que era por su seguridad ya que, en caso de cruzar las murallas los franceses, el ir desarmado podría librarle de recibir un tiro a bocajarro. La verdadera razón era que no se fiaba de lo que el Cachuelo pudiese hacer con un arma entre manos.

Pronto llegó la noticia de que el ejército francés había saqueado Los Arcos y que en pocas jornadas llegaría a Logroño. Un día de mayo, a la hora de la comida, Martín se lo comunicó a Marta —mientras Simón estaba concentrado en sorber la sopa de cebolla y no prestaba excesiva atención—, y le dijo que lo mejor era que se fuese a Albelda a refugiarse. Marta asintió pensativa.

—Espero que le hayan metido una pica por el culo —murmuró refiriéndose al padre de Simón.

—¿A quién? —preguntó curioso Simón, con restos de sopa en el bigote.

—A un caballero que no conoces —replicó Marta—. Come despacio y límpiate el morro—. ¿Y Simón? —preguntó a su marido—. ¿Vendrá conmigo?

—Se queda. Algo podrá hacer.

A finales de mayo del año 1521, el ejército francés y tropas de caudillos Agramonteses acamparon frente a Logroño y reclamaron entrar en la ciudad. La Junta Municipal de la Defensa se negó y los franceses atacaron el puente sobre el río Ebro —sin éxito— para más tarde cruzar por el vado de Varea y desplegarse frente a las murallas.

El quinto día de asedio, Simón se levantó antes del amanecer de su rincón de paja en una cuadra habilitada para la soldadesca, cerca de la iglesia de Santiago el Real. Los cañones franco-navarros, situados junto al convento de Madre de Dios, comenzaron a batir cuando el Cachuelo orinaba copiosamente en una esquina discreta de la Rúa Vieja. Los cañonazos eran el preludio de una nueva escaramuza; los franceses, hasta entonces, solo habían tanteado las defensas convencidos de que la ciudad no iba a resistir. Simón se desperezó, cargó con un zurrón de balas y pólvora, dos botas de vino aguado —según orden del Corregidor, para evitar que los hombres se entonasen en exceso—, y corrió hacia el Portillo de San Francisco en busca del Vasco, que montaba guardia en la defensa desde antes de maitines.

Lo encontró en la barricada, atándose la espada y masticando con los pocos dientes que le quedaban un trozo de pan duro. Simón le dio vino y tomó un trozo del pan que el Vasco le ofreció como desayuno. Estaban con él Fernando, el Mazo, picapedrero de anchas espaldas, y Juan, Gabarra, pescador y propietario de una barca. Éste último comentaba que las reservas de la ciudad mermaban con rapidez y que, si el asedio se alargaba, tendrían que echar mano de las redes y salir a pescar de noche. Simón se ofreció para acompañarle argumentando que conocía remansos cuajados de peces, pero Gabarra, tras mirar un momento a Martín, lo rechazó.

—¿Por qué no me deja ir, Vasco? —preguntó a Martín, que en ese momento regaba con vino un trozo de pan para ablandarlo—. Tú tampoco me dejas luchar ni llevar armas.

—Es cosa de hombres y, además, ya es suficiente con lo que haces. No hay más que hablar.

—Tengo veinticinco años, Vasco —protestó—. Soy mayor que los hijos de Marta y ellos están de soldados en Nájera. Puedo combatir.

Antes de que Martín contestase lo de costumbre, que no era como los de su edad, sonó la voz de alarma.

—Ya vienen los hideputas —murmuró Fernando tras santiguarse.

—Esta vez creo que van en serio —contestó Martín siguiendo con atención el movimiento de tropas— La avanzada del convento se está retirando.

Los tres hombres se posicionaron en primera línea, junto a la parte de la barricada que aún no había sido artillada, y comenzaron a cargar las armas. La primera andanada de hierro francés no tardó en barrer la defensa. Varios hombres gritaron y uno cayó al suelo con el pecho ensangrentado. Simón no había conseguido acostumbrarse a ver muertes violentas tan de cerca, y menos si eran conocidos los que caían. Como cada comienzo de combate, se quedó paralizado y le entraron ganas de mear.

Los defensores contestaron al fuego francés. En pocos momentos el humo de los arcabuces ocultó el sol que despuntaba en un cielo limpio de nubes. El hombre con la herida en el pecho había sido arrastrado por otros dos a la segunda línea de defensa, frente a la muralla vieja. Simón reaccionó, se olvidó de su vejiga, y se acercó para ver si necesitaban ayuda.

—No hay nada que hacer, Cachuelo. Le han dado a bocajarro los muy follones —dijo uno de ellos, un conocido de Simón al que solía vender cangrejos los días de mercado—. Si ves un cura le dices que lo apañe. Nosotros volvemos a zumbar brea.

Simón se quedó junto al cuerpo. No le conocía. Era uno de los soldados que llegaron de Belorado para ayudar en la defensa de la ciudad. Llevaba una española de cazoleta calada atada al cinto. Era una espada de militar, parecida a la del Vasco, no una de las que habían repartido a los civiles, más burdas, aunque bien afiladas. Acarició el cuero de la empuñadura. Estaba frío. Pensó en desenfundarla, pero sabía que se iban a enfadar —sobre todo el Vasco y el Mazo— si le veían con arma en mano. Lo dejó estar y fue a ver si Martín y los otros necesitaban algo.

Con la cabeza agachada, se acercó al Portillo de San Francisco y se situó parapetado en la barricada, justo detrás de los hombres que intercambiaban hierro con los franceses. La primera línea de fuego estaba a unos diez metros, que era donde unos y otros se daban estopa sin cuartel. Preguntó a Gabarra, el que estaba más cerca, si tenían suficiente pólvora. Éste respondió que sí y le dijo que no se acercase. Las compañías francesas maniobraron para replegarse y se agruparon junto a la artillería. Los defensores aprovecharon el breve alto el fuego para tomar un respiro y trasladar heridos y muertos. Martín, Fernando y Juan, tiznados de pólvora quemada, retrocedieron hasta donde estaba Simón. Resoplaron y maldijeron a las madres de los franceses.

—¡Vino! —pidió el Mazo. Simón le alcanzó la bota que llevaba colgada al hombro—. ¡Mierda de aguachirri! ¡Qué ganas tengo de beber vino de verdad! —protestó tras dar un largo trago a la bota.

Luego se la pasó al Vasco. Cuando éste iba a beber, Gabarra le dio un manotazo en el hombro.

—Mira allí —le dijo a Martín, señalando una esquina del convento—. Parece que mandan todo lo que tienen.

El señor de Asparrot, harto de perder días ante las murallas de Logroño, había decidido lanzar un ataque masivo sobre el Portillo de San Francisco, la parte más frágil de la muralla de Logroño.

El oficial al mando ordenó a gritos que se reforzase la barricada y el lienzo de muralla. Los hombres volvieron a sus puestos y esperaron a tener a tiro a los atacantes. A Simón le volvieron a entrar ganas de orinar y buscó un lugar protegido para hacerlo. Ya aliviado, se estaba atando el calzón cuando un estruendo le obligó a tumbarse sobre el barrillo dejado por la meada. Desde la defensa llegaron gritos, juramentos y lamentos. Se levantó con rapidez y miró hacia el Portillo. Parte de la barricada había saltado por los aires y los defensores se retiraban hacia donde él estaba. Los franceses habían acercado un cañón y un disparo certero barrió el parapeto. Simón buscó al Vasco con la mirada. Lo vio batirse a espada, junto a otros que quedaban en pie, con franceses que flanqueaban la puerta. A su lado, el Mazo se retorcía en el suelo. Gabarra, tumbado sobre maderos astillados, no se movía.

—¡Vasco! —gritó Simón.

Pero Martín no le contestó. Estaba intentando quitarse de encima a un francés que sabía manejar bien la diestra. Un arcabucero —soldado beaumontés de la librea de Ramírez de Baquedano— que llegaba corriendo de primera línea de batalla agarró a Simón de la camisa y le obligó a agacharse. Él se levantó otra vez.

—¡Vasco! —volvió a gritar.

El oficial encargado de defender el Portillo ordenó cubrir a los que quedaban en la puerta para que pudiesen retroceder. Varios hombres formaron dos filas: unos disparaban mientras los otros cargaban armas. El arcabucero, que aún agarraba a Simón de la camisola, lo zarandeó.

—¡Agáchate, idiota! —le chilló—. Te van a pegar un tiro, tontolhaba.

El soldado le soltó la camisa y le miró. Se dio cuenta de que era un niño con cuerpo de hombre.

—¡Joder! ¿Te has meado encima? —preguntó y se limpió la mano en su chaquetilla.

Simón comenzó a temblar y se puso a llorar. Las lágrimas dieron paso a los mocos. El soldado le propinó un empujón y lo tiró al suelo. Simón se arrastró hasta un rincón y se acurrucó sollozando.

—Vete a casa, anda —dijo el beaumontés, algo arrepentido por haberle empujado—. Aquí te van a volar los sesos o rebanar el gaznate. Esto es cosa de hombres.

—No tengo casa. El Vasco la quemó porque venían los franceses —contestó con rabia desde el suelo—. ¡Y soy un hombre!

Simón se levantó, sorbió mocos, apartó al soldado de un empujón y corrió a buscar al caído de la herida en el pecho. Agarró la espada del soldado muerto y tiró de ella para desenfundarla. Pesaba y seguía estando igual de fría que antes. Hoja en mano, saltó la barricada y corrió en busca de Martín gritando repetidos «¡Hideputas! ¡Cornudos!» contra los atacantes.

Simón no llegó hasta Martín. Se cruzó en la línea de fuego de la defensa y recibió en la espalda una bala destinada a algún soldado francés o navarro que peleaba por entrar en Logroño. Gabarra murió en el acto al romperse el cuello debido al impacto del cañonazo. El Mazo, con un trozo de madero atravesado en el costado, se desangró antes de que nadie pudiese asistirle. Al Vasco le tajaron el muslo de una estocada y cayó herido al suelo. Vio desplomarse a Simón cuando su contrincante iba a rematarle. Afortunadamente, un balazo en la cabeza mató al soldado francés que quería darle matarile. Martín, con gran esfuerzo, consiguió arrastrarse los pocos metros que le separaban de Simón para llegar a su lado.

—Mecagüen tu padre, Cachuelo, mecagüen tu padre —dijo con lágrimas en los ojos.

Simón respiraba con dificultad. Levantó la espada que mantenía aferrada con fuerza, y se la entregó a Martín.

—No me riñas, Vasco, no me riñas. La cogí sin querer —. Fue lo último que dijo poco antes de morir.

Al final de la jornada encontraron a Martín casi inconsciente, con una espada en cada mano y recostado sobre el pecho de Simón.

Ese día los defensores de Logroño consiguieron repeler el ataque —no sin un alto precio en vidas— gracias a la intervención de la guarnición logroñesa del puente que, en una hábil maniobra, hostigó a los franceses desde la retaguardia. Se perdió el convento de San Francisco, cayó parte del primer lienzo —minado por los zapadores— y se tuvo que retrasar la defensa a la muralla vieja; pero los franceses no tomaron la ciudad. En días sucesivos los combates fueron esporádicos debido a la baja moral de las tropas francesas y la falta de suministros y municiones que estos sufrían. La mañana del once de junio, el señor de Asparrot levantó el sitio, abandonando las piezas de artillería, y regresó a tierras navarras perseguido por el ejército del Duque de Nájera que acudió a liberar Logroño.

En otoño de ese año, Martín, una vez recuperado de sus heridas, abandonó la ciudad junto a su mujer y nunca volvió a pisar tierras riojanas. Regresó a Bermeo y alquiló una modesta vivienda cerca del puerto. Hasta que la artrosis le dejó postrado en cama antes de morir, pasó los días bruñendo una espada de cazoleta calada que, según decía a los que le preguntaban, perteneció a Simón el Cachuelo, un héroe del Sitio de Logroño.

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