Vicente F. Hurtado

CreativeCommons-by-nc-sa-4.0

#Relato: El estanque

Comentar
Saco de un cajón polvoriento esta historia que fue escrita para el libro de relatos Baraka de la Escuela de Escritores en el año 2004...

EL ESTANQUE
El caballero Galahad llegó a un estanque de aguas verdosas semioculto entre la espesura. Corría con la espada en la mano y ladeado hacia el costado izquierdo. Lejos, en lo profundo del bosque, voces extrañas rompían el atardecer.
—¡Le Calice! ¡Le Calice!
Agotado, con la armadura manchada de barro y sangre seca, se deshizo del yelmo que le cubría dejando ver la mata de pelo negro y espeso que se le pegaba a las sienes, y un rostro sereno sabedor de la cercanía de la muerte. En el centro del estanque, cubierto de flores acuáticas, cuatro ninfas jugaban y nadaban, se besaban y tocaban, ajenas a la presencia del caballero. Tenían el pelo enmarañado, de color del heno seco. Eran delgadas, casi escuálidas, y bajo sus pechos, pequeños y rosados, se les notaban las hileras de costillas bajo la piel. Jugaban a salpicarse unas a otras, espiadas de cerca por los sauces de la orilla que arrimaban sus ramas al agua. Varias alondras rozaban la superficie del agua con exquisita precisión buscando pequeños insectos con los que alimentarse.
—Sangre de Cristo —murmuró el caballero a la vez que hizo una rápida señal de la cruz sobre su pecho.
Las ninfas nadaron hacia la orilla, la opuesta a la del caballero, y se tendieron en la hierba abrazadas y rodando por el barro. Mostraban su plena desnudez sin pudor alguno. Galahad soltó la espada que llevaba en la mano derecha, escupió sangre sobre la hierba y se miró el costado. La armadura estaba rasgada y hendida en su carne.
—Señor —dijo mirando al cielo—, acógeme en tu seno. La muerte me acecha.
—Señor —dijo una de las ninfas. Su voz era delicada, de adolescente. Imitaba al caballero desde la orilla opuesta. Alzaba los brazos hacia el cielo y se miraba el costado.
—¡Criatura del diablo! ¡Visión de Satanás! —gritó Galahad—, no pronuncies su nombre.
La ninfa que le imitaba se lanzó al agua. Las otras tres se levantaron y, fundidas en un solo abrazo, desaparecieron dejando un rastro de pétalos blancos tras de sí. El caballero hincó una rodilla en el suelo junto a la espada y desató la bolsa de cuero pardo que colgaba de su cinturón. De ella sacó un pequeño cáliz de metal, sencillo y sin adornos. Detrás de él, no muy lejos, un cuerno de batalla sonó con fuerza asustando a las alondras.
—Debo esconderlo —dijo Galahad mirando la copa. Ayudado por el pomo de la espada comenzó a excavar un agujero en el suelo, que era blando debido a la humedad filtrada del estanque.
—¿Qué es? ¡Dámelo! —Una ninfa, de la que sólo se veía la cabeza sobresalir del agua, sonrió a Galahad no muy lejos de él. Tenía el pelo enredado de algas.
—Vete —dijo Galahad sin mirarla.
—¿Qué es? —repitió la ninfa.
Galahad la ignoró y continuó excavando. El cuerno sonó de nuevo, más cerca que antes. La ninfa salió del agua y se arrodilló junto a él.
—¿Qué es? —dijo, pero muy bajo esta vez, arrimando su boca a la cara de Galahad. El pelo de la ninfa escurría agua sobre la copa. Galahad no se movió ni la miró.
—¿Qué quieres?
—Quiero eso. —La ninfa apuntó a la copa.
—¿Y para qué quieres tú esto? —preguntó de nuevo Galahad, inmóvil y desangrándose, sin mirarla, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo cayendo en largas tiras sobre su cara.
—Para ocultarlo al mundo.
La voz que vibró ante el rostro de Galahad no fue la de la ninfa. Era una voz antigua y poderosa. Galahad alzó la mirada. Contempló a una mujer hermosa de mejillas blanquecinas. Su pelo era oscuro y tan largo que se perdía en las aguas del estanque.
—¿Quién eres? —preguntó Galahad.
—Dame el cáliz, caballero —dijo la dama acariciando el rostro de Galahad—. No temas, tus perseguidores no lo hallarán. Ni a ti tampoco.
La dama tomó la copa de las manos de Galahad. Ató uno de sus mechones a la muñeca del caballero y se sumergió en el agua. El caballero, aún de rodillas, resistió el tirón que le arrastraba al estanque.
—No —susurró.
Una de las ninfas nadaba inquieta cerca de la orilla.
—¡Debes venir! ¡Debes venir! ¡Te cogerán y sabrán dónde está! —exclamó desde el agua—. ¡Debes venir!
Galahad se mantenía de rodillas con el brazo alzado hacia el estanque, sujeto por el mechón. El otro le caía inerte sobre el costado. Lentamente se puso en pie.
—Que Dios me perdone. —No se resistió y, suavemente, se dejó arrastrar hacia el agua.
Cuando desapareció la ninfa salió del estanque. Cogió la espada y la bolsa de cuero y regresó al agua, donde se sumergió con las pertenencias del caballero. Las flores acuáticas se hundieron y las algas, hasta entonces pegadas al lodo de las orillas, avanzaron al centro del estanque tomando posesión de él, y los sauces retiraron sus ramas y volvieron su mirada hacia el bosque, donde sonaban los cuernos.

0 comentarios:

Publicar un comentario