Vicente F. Hurtado

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#3hoursLitChallenge «Un polizonte en el Arca»

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Este es el relato que ha surgido de esta primera convocatoria alocada del #3HoursLitChallenge que he compartido con Ignacio J. Borraz, Carlos Piélago Rojo y Hugo Camacho Cabeza.

Aquí podéis ver los tuits originales de los que partió la idea:
#3HoursLitChallenge: el origen

Y en este Post del blog de Hugo se explica en que consistía el juego literario #3HoursLitChallenge

El resultado ha sido el siguiente:

El relato de Ignacio J. Borraz, con el tema “El amor y la guerra en la sociedad de las estrellas de mar”:
Reflexiones de una Asteroidea combatiente

El relato de Hugo Camacho Cabeza, con el tema “Viaje espacial sin retorno”:
Que lo decida la audiencia

El relato de Carlos Piélago Rojo, con el tema “Coleccionista de enjambres nanorrobóticos”:
El coleccionista de enjambres nanorrobóticos

Y el mío, con el tema "Un polizonte en el arca", que podéis leer a continuación...

Foto de ESTEBAN VILLARINO VICENTE

Un polizonte en el Arca

El capitán Ambrosio Lucas Petrov — más conocido como capitán Petri entre la tripulación de la nave de exploración Sabueso VI — ordenó zafarrancho de combate cuando el piloto le aviso de que estaban a punto de salir del agujero de gusano. La tripulación, ya acostumbrada a este tipo de maniobras, se situó y amarró en sus puestos con premura y profesionalidad. Nunca se sabía con certeza qué era lo que podían encontrar al salir del agujero pues ya habían tenido varias experiencias desagradables; la última vez toparon con un enjambre de luciérnagas solares que se les pegó en el escudo exterior y les obligó a usar gafas oscuras durante varias horas.
La nave frenó al salir del agujero y los sistemas de alarma no sonaron. Petri suspiró y preguntó a Abú al-Qasim, su segundo:

— ¿Algo en el sonaradar?

— Sí, capitán. Una estructura que, según el informe del ordenador, se asemeja mucho a lo que buscamos. Existe una coincidencia del 95%.

— ¡Cojonudo! — exclamó el capitán — . ¡Ya la tenemos! Vamos a por ella, señores.

Abú al-Qasim presionó su oído y se comunicó con el equipo de asalto para que se preparasen. Cuando dialogaba con el sargento al mando, el capitán le interrumpió:

— Avise al sargento Donovan que prepare un traje y armas para mí. Iré con ellos. ¡Puente! — gritó — . El segundo se queda al mando.

Abú al-Qasim sujetó con disimulo el brazo del capitán.

— Petri, ¿estás seguro? — le susurró — . No sabemos qué hay allí.

El capitán se lo llevó hacia la puerta, lejos del resto de la tripulación del puente de mando.

— Puede ser el Arca, Abú. Joder, el puto Arca. Y voy a ir.

Abú al-Qasim le miró y asintió.

— Que Alá te acompañe, hermano. — Estrechó la mano del capitán y volvió a su puesto.

Por una de los ojos de buey del vehículo de asalto, Petri pudo ver la que podía ser la nave que la humanidad llevaba buscando durante más de tres mil años. El capitán estaba convencido de que esa era el Arca, no otro de los almacenes genéticos que ya habían sido recuperados durante el último siglo.
Los ingenieros genéticos del siglo XXII encargados de salvaguardar la vida del planeta madre habían lanzado varias naves con toda la información genética de la flora y fauna de la — ahora yerma — Tierra hacia distintas partes del universo. Pero solo en una de ellas estaba el genoma de la abeja de miel. No quedaban registros de si se debió a un error o fue algo premeditado. Una leyenda decía que una secta ecologista boicoteó las naves para que la humanidad no destruyese el universo, pero no les dio tiempo a hacerlo con la primera que despegó. Otra hablaba de que fue debido al error de un becario a la hora de catalogar las muestras y duplicó la del mono macaco y eliminó la de la abeja de miel. Aunque tan solo eran eso, leyendas.

El equipo de asalto amarró el vehículo al transportador y montó un túnel de acceso por el que abrieron el casco mediante una explosión controlada. El primero en entrar fue Chatarra, el robot militar de última generación que escaneó la nave y aseguró un perímetro para la entrada del grupo de asalto.
Petri estaba impaciente y pasó a empujones entre los soldados que avanzaban con cautela.

— ¡Capitán! — protestó el sargento Donovan — . En estas situaciones yo estoy al mando. Espere a que…

En ese instante el interior de la nave se iluminó. Chatarra había encontrado un panel eléctrico al que poder alimentar.

— Vamos, sargento. No sea tan militarmente mojigato — dijo y entró.

La sala era de grandes dimensiones y sus paredes estaban llenas de vitrinas que contenían cajas metálicas rotuladas. Petri echó un vistazo rápido: Balaenoptera musculus, Aedes albopictus, Rattus norvegicus

— ¿Por qué coño no los organizaron por orden alfabético? — murmuró.

— ¿Es otro almacén, capitán? — preguntó Donovan.

— ¡Señores! — gritó Petri — . Buscamos el código Apis mellifera. Solo ese. El resto ya los tenemos. ¡Vamos!

Los soldados se repartieron por la sala y comenzaron a mirar a través de los cristales. El capitán tomó la culata de su fusil y rompió una de las vitrinas y sacó las cajas. Donovan ordenó a sus hombres que hiciesen los mismo.

— Aquí hay miles de cajas — se quejó uno de los soldados.

— Mira eso — dijo el que estaba a su lado — . En esa estantería hay una abierta y el cristal está intacto.

— Joder… Llama al sargento.

Donovan y Petri se acercaron a la vitrina que contenía el recipiente genético abierto. Los soldados que lo habían descubierto se retiraron con disimulo hacia el centro de la sala.

— ¿Puede ver el código, Donovan? — preguntó Petri.

— No, capitán. Al menos no dónde están marcadas el resto de cajas.

— Pues hay que acceder, pero no quiero romper el cristal. ¿Se puede hacer lo mismo que hicieron en el casco de la nave?

— ¿Un acceso a través de un túnel aislado?

— Sí, eso. Pero solo para que entre mi mano y pueda coger la caja.

Donovan le pidió un momento y habló con su zapador, que asintió y se puso a trabajar. En poco más de una hora el acceso estaba preparado. Petri metió la mano, previamente enguantada, y sacó el recipiente. En el interior estaba la chapa identificativa de la caja.

— ¡Apis mellifera! — gritó el capitán — . Pero no hay nada. ¡Joder! ¡Nada!

— ¡Capitán! — llamó uno de los soldados — . Hay otra estancia. Es más pequeña que esta. Es, no sé… rara.

— Lleve personalmente esta caja a nuestra nave — dijo Petri a Donovan — . Que la analicen a fondo. Yo voy a ver esa sala.

El capitán se acercó al soldado que le había llamado.

— ¿Por qué dice que es rara, hijo? — preguntó.

— Mire. — Se apartó de la puerta — . Las paredes están decoradas con hexágonos. Miles de ellos.

Petri se asomó. El soldado no exageraba. En el centro de la sala había un montón de chatarra.

— ¡Es imposible! — exclamó.

— ¿Qué ocurre, capitán? — Se asustó el soldado.

— Es un panal. ¡Un panal! — Entró en la sala y metió la mano en una de las celdas. La sacó impregnada de una sustancia oscura y viscosa. Se acercó la mano a la nariz. — Huele a lubricante de motor.

— Cap… Capitán — balbuceó el soldado.

Petri se volvió hacia él. Un pequeño ser alado recorría el casco del militar. El capitán se acercó para verlo de cerca. El cuerpo era metálico, muy parecido a un tornillo. La cabeza y las alas eran orgánicas. Petri acercó la mano lo cogió con dos dedos. El insecto robot zumbó y miles de ellos salieron de las celdas que envolvían la sala y lo que había confundido con un montón de chatarra se movió hacia él.

Era su Reina.

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