Vicente F. Hurtado

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#Relato: Antes del amanecer

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Relato: Antes del amanecer

Jamás en mi vida tuve miedo, hasta que la encontré a ella. Fue un día frío de principios de invierno, en un poblado cerca de la frontera de mi reino.
Llegamos a la aldea sabiendo que allí solo quedaban ancianos y enfermos. Nuestros exploradores nos informaros que los hombres y mujeres en edad de luchar se habían ido llevándose a sus hijos con ellos, posiblemente a unirse a las huestes del enemigo o, quizás, a refugiarse en los bosques dejando atrás a los más débiles, pues sabían que llegábamos.
Mi nigromante, Olân, me aconsejó dejar atrás aquella mísera aldea. Dijo que allí no había nada de interés, ni siquiera era un punto estratégico de valor. Yo me negué, no iba a permitir que se supiese que una aldea, por muy insignificante que fuese, había quedado inmune. Mi reputación no me permitía dejar nada con vida tras de mí.
Entramos al trote y con las viseras de los yelmos alzadas. Los ancianos del lugar estaban reunidos en el centro de la aldea, desarmados. Les rodeamos y ordené desmontar a los soldados más veteranos para que eligiesen a una de las mujeres. Tomaron a una de las menos arrugadas y comenzaron a violarla por turnos. El resto se mantuvo en sus monturas, pica en mano, esperando mis órdenes.
Desmonté y paseé entre los aldeanos. Estaban aterrorizados, pero se mantenían juntos; algunos cogidos de la mano, otros mirando con desesperación a la mujer que yacía en el barro y era mancillada una y otra vez.

—Vais a morir —les dije, aunque ellos ya lo sabían.

Hubo un par de gimoteos, pero nada más. El resto se mantuvo en silencio. Me acerqué a uno de los más viejos y le miré a los ojos. No pudo mantener mi mirada. Desenvainé la espada y coloqué el filo en su garganta.

—¿Quieres ser el primero? —pregunté.

No contestó. Nunca suelo preguntar dos veces, así que atravesé su cuello flácido con la espada. Cayó al suelo con las manos sujetándose la garganta. Una mujer, flaca y desdentada, rompió la fila y se arrodilló junto al cadáver. No lloró, solamente le cerró los ojos y apoyó la cabeza en su pecho. Clavé la espada en la espalda de la mujer y giré el pomo varias veces provocando un curioso sonido a huesos rotos.

—Mi señor — Olân se dirigió a mí—, deberíamos irnos. Aquí hay algo que me inquieta.

—¿Tienes miedo? ¿Tú? ¿El gran nigromante de Damantia? —solté una carcajada y mis hombres la corearon—. A ver —continué dirigiéndome a los aldeanos—, ¿quién será el siguiente?

—Yo.

Busqué quién había contestado. Todos miraban al suelo.

—¿Quién ha hablado? —grité.

De entre los ancianos salió una niña de poco más de diez años. Vestía harapos, como el resto, pero tenía el pelo limpio y decorado con varias flores blancas. Mis hombres, al verla, aullaron de placer. El que en ese momento estaba sobre la anciana, sacó una daga y la apuñaló ferozmente en el pecho hasta que la mujer dejó de patalear. Se colocaron detrás de mí esperando que les permitiese abalanzarse sobre la niña. No todos los días tenían ocasión de catar carne joven y fresca.

—¿Y tú quién eres, pequeña florecilla? —pregunté a la chiquilla.

—La siguiente que morirá —contestó con serenidad y mirándome directamente a los ojos.

—No, no lo creo. Antes serás el juguete de mis hombres. Y mío también, pequeña.

Noté que alguien me tocaba el hombro. Mis hombres jamás osaban tocarme. Me volví con furia. Era Olân. Estaba sudoroso y temblaba.

—Mi... mi señor —tartamudeó—. No, no me encuentro bien. Me falta aire.

Le miré sorprendido. Luego miré a la niña. Sus ojos me atraparon. No puedo decir de qué color eran, quizás azules al principio, pero según miraba se iban oscureciendo hasta convertirse en una insoportable negrura. Di un paso atrás. Por primera vez en mi vida, di un paso atrás.

—Morirás dentro de poco, antes del alba —habló la niña—. Morirás sólo y traicionado por los tuyos. Nadie te quemará en una pira ni tendrás un funeral con honores. Tirarán tu cuerpo en el bosque y las alimañas se alimentarán de ti. Los cuervos están ansiosos por arrancarte los ojos.

Olân estaba jadeando y mis hombres inquietos, esperando mi reacción.

—Debemos salir de aquí —dijo el nigromante antes de desplomarse en el suelo.

—¡Vas a morir, pequeña rata! —grité y alcé la espada.

—Tú también —replicó ella con serenidad—. Y sabrás cuando. Ese día lo sabrás, poco antes del amanecer. Será pronto y estaré esperándote.

La decapité. Su cabeza rodó por el suelo y quedó a pocos pasos de mí; los ojos abiertos, mirándome, y una sonrisa cruel decorando su rostro.

Grité una orden y los míos no dejaron a nadie con vida. Luego quemaron la aldea. Salimos deprisa de allí. Dejamos el cuerpo sin vida de Olân junto al de la niña y continuamos camino en busca de otra aldea.
De eso hace poco más de una luna.
Ahora estoy en mis aposentos, escribiendo este legajo bajo la luz de una vela. No he dormido. Desde poco después de medianoche varios cuervos se han posado en la balconada desde la que veo mis tierras. Graznan sin cesar y ya falta poco para el amanecer. Voy a morir y tengo miedo. No miedo a la muerte, no. Miedo porque se que me encontraré con ella cuando muera.

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