Vicente F. Hurtado

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#Relato: Nës Solodoshojas

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Nës Solodoshojas

La yegua lobuna de Nës resopló y pateó inquieta antes de adentrarse en el camino que cruzaba el Bosque del Arquero.

—Psssss, tranquila Mandrágora —susurró al animal y le palmeó el pescuezo—. Ya los he visto. No han puesto mucho interés en ocultarse.

Desmontó y apretó el cincho que sujetaba las dos roperas que colgaban de su espalda. Dio una palmada a Mandrágora en los cuartos traseros y la yegua volvió la grupa y trotó unos metros hacia atrás. Como Nës sabía que la estaban observando, sonrió con picardía y se sopló un mechón de pelo negro azulado que le caía sobre la frente. Luego se recogió el flequillo sobre una oreja —puntiaguda, herencia de su madre elfa— y desenfundó los aceros. En posición de combate, ligeramente agachada con las espadas al frente, esperó el ataque.
Cuatro hombres salieron de la espesura. Llevaban ropas y armas de procedencia variada, por lo que dedujo que eran bandidos. Cerró los ojos y recordó a su madre cantando muy bajito para que ella durmiera. Ese tipo de recuerdos le ayudaban a convocar el Y´shan, el conjuro que agudizaba los sentidos y aumentaba los reflejos.

—Vaya vaya. Pero si es una medioelfa —habló el menos corpulento. Iba armado con una cuchilla de filo dentado—. Deja tus espaditas y ven con nosotros, guapa. —Le miró con descaro los pechos apretujados bajo el corpiño de cuero.

Era curioso, pensó Nës, que fuese su madre la que le incitó a aprender esgrima cuando el experto en armas era su padre. Ella le instruía en el arte de los hechizos élficos y tuvo que convencer a su esposo para que enseñase a la pequeña el manejo de la espada. Nës recordó a su padre farfullar que era imposible que una dama manejase con destreza algo más pesado que un cuchillo de untar mantequilla. No pudo evitar sonreír.

—¿Por qué se ríe? —preguntó el que estaba a la derecha. Un hombre barrigón que cargaba una maza al hombro—. ¿Es retrasada, o qué?

—Mejor si lo es —dijo el más alto de ellos. Escupió en la hoja de su espada y frotó con los dedos—. Así no se resistirá.

Al principio su padre se desesperaba. Era demasiado impulsiva, no controlaba los movimientos y no se decidía con cuál de las dos manos se sentía más a gusto con el arma. Pero las mayores discusiones entre ambos llegaban cuando Nës se saltaba la norma de no usar conjuros durante el entrenamiento. Según su padre, la única forma de llegar a ser un buen espadachín era dejando de lado la magia. Su madre opinaba lo contrario.

—Pues no se mueve —dijo el que faltaba por hablar de los cuatro. Portaba una escudo que había conocido tiempos mejores y llevaba un parche mugriento en el ojo derecho—. Está lela.

Para poder continuar con sus enseñanzas, prometió a su padre aprender de él sin usar conjuros y dijo a su madre que, una vez hubiese dominado el arte de esgrima, usaría este con apoyo de la magia. Ambos quedaron satisfechos.

—¡Vamos! —ordenó el de la cuchilla dentada. Era el cabecilla de la pequeña banda—. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Tres de ellos se desplegaron en abanico. El cuarto, el de la maza, dio un rodeo con intención de atrapar a la yegua. El primero en llegar a ella fue el tuerto del escudo, con el que se cubría el torso, dejando piernas y cara al descubierto. Nës estiró el brazo y su ropera atravesó el ojo sano del bandido. El sonido que provocó le recordó a una uva gruesa reventar cuando la apretabas fuerte con los dedos. Sacó la espada de la cuenca vacía del ojo y recuperó su postura de ataque. El bandido murió antes de caer al suelo.
El más alto arremetió contra ella con la espada por encima de la cabeza. Un grave error, hubiese dicho su padre; la espada siempre delante, abriendo camino. Eso le costó al bandido desgarbado una estocada en el hígado, seguida de otra en el cuello. Era la ventaja de llevar ambos brazos armados; en menos de un suspiro herías dos veces. Su padre nunca fue partidario de que usase dos espadas, aunque Nës le demostró que manejaba igual de bien diestra y siniestra. El día que le dijo que iba a llevar dos armas, su padre le preguntó con ironía “¿Sólo dos hojas? ¿No quieres más?”
El cabecilla de los bandidos balanceaba la cuchilla sin decidir qué hacer. En la espalda de Nës, el de la maza se acercaba a Mandrágora. Podía escuchar la respiración nerviosa de la yegua.

—Deja el caballo —dijo nervioso el cabecilla a su esbirro—. Rompe la cabeza de esa niñata.

Nës entrecerró los ojos. Silbó una vez. Mandrágora relinchó, alzó las patas delanteras y le partió el cráneo al bandido de la maza. Ella, a su vez, saltó hacia el que quedaba. El bandido, al verla cargar sobre él, se asustó y cayó de espaldas. Antes de que pudiese tomar aire, tenía las dos hojas de Nës cruzadas en la garganta.

—Mi padre me llamaba —comenzó a decir Nës— Solodoshojas. A mi madre le hacía gracia el apodo. De ellos dos aprendí muchas cosas.

El bandido sudaba y respiraba con dificultad.

—Una de ellas —continuó— fue la de no matar si no es necesario.

Quitó las espadas del cuello del bandido. Este se levantó despacio, sin dejar de mirar los filos de Nës.

—Por eso yo no voy a matarte. —Se apartó de él y se puso al lado de su yegua—. A pesar de que tú sí que lo hubieses hecho. Seguramente después de violarme. Pero —enfundó las roperas— eso no quiere decir que no vayas a morir.

El bandido la miró sin comprender. Nës se apartó un mechón de pelo de la frente y silbó una vez.

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