Vicente F. Hurtado

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#Relato: Humo de mandrágora

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Meno Mühlig (1823–1873)
RelatoHumo de mandrágora

Dos gnomos batidores fumaban en pipa y bebían caldo de cebolla en torno a un discreto fuego que casi no humeaba. Sus monturas —perros de hocico largo y pelaje espeso— dormían cerca de ellos, en agujeros que habían excavado junto a las raíces de los árboles que rodeaban el campamento. Habían pasado el día rastreando la parte baja de las Montañas Nubladas buscando patrullas fronterizas de Los Condados. Antes del invierno el grueso del ejército cruzaría las montañas y los tribunos de Palandrás querían tener localizadas el máximo de tropas enemigas.

—Escuché algo inquietante cuando estábamos acantonados en el valle —habló uno de los gnomos tras soltar una bocanada de humo—. Lo dijo un centurión de piqueros.

—¿Un piquero? Vamos, Duncan, esos hombres no saben ni distinguir la boñiga de vaca de la de caballo—replicó su compañero.

—Era un centurión, Risco, no un simple soldado. Además, deja que cuente lo que dijo —contestó molesto Duncan.

—Vale, vale —Risco se recostó y golpeó su pipa contra una piedra para quitar el tabaco quemado —. Cuéntalo.

—Pues, por lo visto, quieren obligar a todas las tropas a convertirse al urdanismo. —Duncan arrugó el ceño—. Ya sabes, rezar de rodillas a un dios invisible, ayunar dos días al mes y ese tipo de bobadas. Lo peor es que el urdanismo prohíbe fumar mandrágora porque su profeta declaró que era una planta maléfica.

—Ya, también se comenta que al profeta Urdán le gustaba la compañía de tiernos infantes. —Risco sacó una bolsa de hierba y llenó su pipa de nuevo—. Eso de adorar dioses es cosa de hombres, enanos y elfos. Nosotros entendemos de perros, seguir rastros y fumar en pipa.

—No sé, Risco. —Duncan echó una rama a la hoguera—. El nigromante que ahora asesora al sultán es devoto del profeta Urdán. El centurión habló de una nueva remesa de tribunos urdanistas que están sustituyendo a los que profesan otras creencias. Y donde los nuevos mandan, o eres urdanista, o te rebanan el pescuezo. Eso dicen.

—Dicen, dicen, dicen —Risco manoteó y saltaron chispas de la cazoleta de la pipa—. No hagas caso a todo lo que dicen, querido Duncan. También dijeron que el bastión de La Casona era inexpugnable. Además —continuó—, ¿qué harán? ¿Matar a todos los gnomos del ejército? No renunciaremos a la mandrágora. Si quieren que recemos, rezaremos, me da igual. Pero dejar de fumar, nunca. 

—Lo sé, Risco, lo sé —se levantó y se acercó a su perro. Le rascó detrás de las orejas y el chucho gruñó de placer—. Pero hay rumores del ejército de la frontera norte. Licenciaron a todos los batidores gnomos y los sustituyeron por cazadores centauros.

—Sí, ya me lo dijeron. ¡Jodidos afortunados! —exclamó, asustando a los perros—. A mí aún me quedan varios inviernos para licenciarme.

—No lo entiendes, Risco. Nadie ha vuelto a ver a esos gnomos. Y a nuestras tierras no han vuelto.

Risco lanzó una bocanada de humo en forma de aro. Luego le guiñó un ojo a su compañero.

—¿Tú crees que por esto —señaló el aro que se dirigía en dirección a la hoguera—, van a perder a los mejores rastreadores de Palandrás? Los que licenciaron estarán de juerga en alguna taberna de Vado Blanco. No te preocupes y duerme un poco. Yo hago la primera guardia.

Duncan no contestó. Se tumbó junto a su perro y apoyó la cabeza en el lomo del animal. El anillo de humo llegó a las llamas de la hoguera y se desintegró. De la boca de Risco surgió otra bocanada de humo con forma de aro. Antes de ver si iba a tener el mismo destino que el anterior, Duncan giró la cara y la escondió entre el pelaje de su montura. Dejó su pipa a medio consumir en el suelo y cerró los ojos. Se durmió acompañado por la fragancia suave de la mandrágora que se consumía en la cazoleta de la pipa.

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