Vicente F. Hurtado

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#Relato: Ortiga la bruja

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ORTIGA LA BRUJA
Basoa —más conocida como la Ortiga en el pueblo de Zugarramurdi y alrededores debido a su carácter— era servidora de la naturaleza, o bruja, como las denominaban los hombres del clero. Era muy anciana, de corta estatura y tan flaca como un perro sin dueño. Rezumaba nerviosismo por todos sus poros y, a pesar de su edad, no había perdido facultades; era capaz de subir a la montaña antes que cualquiera de las jóvenes a las que instruía en el mundo de la brujería. Ella sólo enseñaba a mujeres, mientras que los otros maestros de la zona instruían a jóvenes de ambos sexos. Basoa decía que los mozos sólo pensaban con la polla y no quería saber nada de ellos. Solía decirles a sus pupilas que la juventud les paralizaba las piernas, más concretamente que lo que tenían entre las piernas consumía casi toda su energía vital. Entre sus novicias estaba su nieta Johana, una adolescente bonita y alocada que había llegado desde tierras de Estella hacía unos cinco años para aprender las artes de la vieja bruja.
Cueva de Zugarramurdi (Sorginen Leizea)La Ortiga y su nieta llevaban varios días en lo alto del monte escondiéndose de los hombres de la Inquisición que batían la zona en busca de brujas y brujos. A la mayoría de las pupilas de Basoa las habían capturado e iban a llevárselas para juzgarlas en el tribunal de la Inquisición de Logroño. La Ortiga imaginaba las atrocidades por las que tendrían que pasar y sabía que acabarían confesando todo aquello que la Inquisición quisiese que confesasen. Los hombres de Dios eran expertos en soltar las lenguas, o en cortarlas.
Abuela y nieta se cobijaban en una pequeña oquedad de la montaña y se alimentaban de lo que podían conseguir en el bosque. Al anochecer, la anciana dejaba a su nieta guardando el fuego e iba en busca de comida. Solía llegar con pequeños topos, ardillas, gorriones e, incluso, alguna culebra o lagarto. Cuando Johana le preguntaba cómo conseguía las piezas, Basoa le contestaba que el bosque se encargaba de proporcionárselas. Johana tenía el cometido de buscar raíces comestibles y frutos silvestres y no podía comprender cómo su abuela era capaz de conseguir piezas para asar en la hoguera. La única vez que intentó cazar algo regresó con las manos vacías y un chichón en la cabeza.
Una noche de mediados de octubre Basoa caminaba a buen paso por un sendero angosto flanqueado por maleza bajo la luz de la luna. Detrás iba su nieta andando a saltitos y soltando improperios cada vez que se rozaba con una rama o un zarzal. El sendero que seguían —usado generalmente por jabalíes— llevaba a una cueva cerca del pueblo en la que, antes de la llegada de los inquisidores, realizaban los aquelarres. Basoa quería ver si quedaba alguien conocido escondido por allí, aunque no tenía mucha esperanza en ello.
Amama, ¿por qué han capturado a las chicas y los mozos? —preguntó la nieta entre jadeos. Llevaban horas caminando desde su cobijo en lo alto de la montaña.
La anciana paró en seco y escupió en el suelo saliva ennegrecida.
—Porque la Iglesia no quiere que exista otra fe que la suya. Con su fe dominan a los hombres, les controlan y los dirigen como ovejas. Nosotras enseñamos, no dominamos, dejamos que cada cual elija a su voluntad.
Por la expresión de la joven Johana se podía ver que no comprendía bien las palabras de su abuela.
—Porque son unos bastardos, hija —contestó Basoa ante la mirada bobalicona de su nieta.
—Pero no han hecho nada malo, Amama —dijo con voz inocente.
Johana aprovechó que su abuela había parado la marcha para sentarse en un ribazo cubierto de musgo y mordisquear una raíz parda que sacó de su túnica deshilachada.
—En parte se lo tienen merecido —dijo enfurecida la Ortiga sentándose junto a su nieta—. ¿Cuántas veces os dije que no hicieseis aquelarres por vuestra cuenta? ¿Eh? ¿Cuántas? Un aquelarre es un acto sagrado, no una reunión de jóvenes putitas y mozos salidos que quieren satisfacerse unos a otros. Los aquelarres son para conseguir que la naturaleza entre en nosotros y que nosotros formemos parte de ella. ¿Cuántas veces os lo he dicho?
—Pero, Amama… —protestó la joven.
—Ni pero ni nada. ¿Quién invitó a gente ajena? —Johana quiso replicar pero su abuela continuó—. Sí, ya sé que tú no. Pero eso me da igual. Tú estuviste en varios aquelarres sin mi permiso.
—¡Pero no hicimos nada malo! —gimoteó la joven— Sólo comimos setas y bebimos infusiones. Y, bueno, ya sabes que nos gusta besarnos y esas cosas con los chicos cuando estamos en trance.
—Claro, claro —dijo Basoa haciendo aspavientos—. Y por casualidad una moza se quedó preñada. ¿Sabes lo que hizo la chica para que su padre no le diese una paliza y la echase de casa? ¿No lo sabes?
—No sabía que una se quedó preñada —Johana negó con la cabeza—. Nadie nos dijo nada.
—Ya —replicó con desdén Basoa—. Pues la moza fue a hablar con su párroco y le dijo que una bruja le obligaba a acudir a los aquelarres. Y que en esos aquelarres la amenazaban con follársela si no renegaba de Dios y la Virgen. Y ella, como era muy santa —dijo con ironía—, se resistió al principio, y por eso quedó preñada. Le contó al párroco que, harta de ser mancillada, claudicó y se arrodillo ante los brujos y brujas y renegó de Dios.
—¡Pero todo eso es mentira! —exclamó indignada Johana— ¡Nadie obligaba a nadie a ir a los aquelarres!
—Pues el párroco avisó a las autoridades y poco después llegó el inquisidor Juan Valle Alvarado con sus hombres. Por eso se están llevando a la gente para interrogarla. Y por eso estamos viviendo en el monte. ¡Niñatas! ¡Les disteis la excusa perfecta a los inquisidores! Ahora hay que atenerse a las consecuencias. Vamos —le apremió Basoa levantándose del ribazo—, pronto amanecerá y quiero llegar a la cueva cuanto antes.
El resto de camino lo realizaron en silencio; Johana no tenía argumentos para contestar a su abuela. Poco antes de llegar a la cueva Basoa le dijo a su nieta que se ocultase entre unos castaños y la esperase sin hacer ruido. La anciana se adentró en la espesura y buscó un lugar donde deshacerse de sus ropas. Una vez desnuda, cerró los ojos y se transformó en una lechuza. Nunca hacía esto delante de su nieta. Era un don que se transmitía de generación en generación y sólo unas pocas, y siempre mujeres, lo tenían. Basoa intuía que su nieta poseía el don —por eso la tenía bajo su tutela—, pero habría que esperar a que madurase para comprobarlo.
Alzó el vuelo y se posó en una de las hayas más altas que encontró. Desde allí se deslizó por el cielo, que ya recibía los primeros rayos de sol de la mañana, en dirección a la cueva. Llegó en poco tiempo. Era una forma rápida de viajar, pero la transformación la dejaba agotada y sólo lo hacía cuando era necesario. Siempre que podía, prefería caminar.
El entorno de la cueva estaba desierto. Se posó en un árbol cercano y escudriñó los alrededores. Escuchó a un zorro husmear entre la hojarasca que había bajo ella. El animal hacía excesivo ruido —aún más que el riachuelo que cruzaba la cueva— y parecía dar vueltas sin rumbo fijo. Supuso de quién se trataba. Se lanzó de la rama en la que estaba y se posó frente al animal que, asustado, le enseñó los dientes gruñendo. La Ortiga desplegó las alas y ululó. El zorro retrocedió y se colocó en posición de ataque. Basoa se transformó ante él.
—¡Sancha! —gritó al zorro— ¿Cuánto tiempo llevas con esa forma? Vamos —dijo con voz autoritaria y acercándose al animal—, no seas estúpida. Debes transformarte o el instinto podrá sobre tu razón.
El zorro gimió y se sentó sobre las patas traseras. Basoa se acercó aún más y le dio un manotazo en el hocico.
—¡Te he dicho que cambies, maldita idiota! —le ordenó.
El animal se convulsionó y se trasformó en una mujer de mediana edad y carnes prietas que la miró con ojos atemorizados.
—Basoa… creía que tú… —dijo la mujer jadeando.
—No hables ahora, Sancha. Estoy bien. Y Johana también. Está en el bosque. ¿Queda alguna más?
Sancha negó con la cabeza. Temblaba de frío. Basoa la cubrió con hojas y helechos.
—¿Sabes algo de los otros? —le preguntó con voz suave.
—Los soldados los capturaron —dijo Sancha con dificultad—. Yo estaba aquí, en la cueva, y pude escapar porque me transformé. He pasado demasiado tiempo siendo zorro, tenía miedo a mostrarme. Basoa, se llevan a cualquiera. Los que apresan cuentan cosas horrendas de otros. De ti dicen que entregas a jóvenes vírgenes al diablo para que las cubra.
—El miedo hace decir muchas cosas, Sancha. De eso se aprovechan esos cabrones. Aquí no estamos a salvo —dijo la Ortiga mirando los alrededores—. La cueva no es segura. Tenemos que subir al monte. ¿Podrás?
—Estoy muy cansada. Necesito dormir.
—Entonces espera aquí —Basoa cubrió con más helechos y ramas a Sancha—. Pero no te duermas, debes estar alerta. Iré en busca de Johana y entre las dos te ayudaremos a subir.
La anciana respiró hondo y cerró los ojos. Una segunda transformación tan seguida iba a dejarla exhausta, pero no había otro remedio. Alzó el vuelo con pesadez y regresó a por su nieta.
Después de ponerse la ropa Basoa buscó a Johana. La joven no se había movido del lugar en el que la dejó. Sin darle explicaciones le dijo que tenían que ir a la cueva inmediatamente. Johana no replicó y se dispuso a seguir el paso rápido de su abuela, pero le sorprendió ver que los andares de la anciana eran más lentos que de costumbre. Tardaron una hora en llegar a la cueva. El sol ya reinaba sobre los montes y deshacía las nieblas matutinas.
Antes de llegar a la entrada de la cueva oyeron voces masculinas. Reían y jaleaban.
Amama —susurró Johana—, ¿quién está en la cueva?
Basoa aceleró el paso sin hacer caso a su nieta. Pararon cerca de la cueva y, ocultas en el follaje, vieron a cuatro hombres que acosaban con picas a un zorro. Voceaban y se pasaban un pellejo de vino unos a otros. Basoa agarró la mano de su nieta con tanta fuerza que ésta se quejó.
—¿Qué pasa, Amama? —preguntó asustada la joven.
—Son soldados de la Inquisición, mi niña.
—¡Tenemos que irnos! —exclamó Johana—. Volvamos al monte antes de que nos vean.
—No podemos. Ella es —La Ortiga no sabía como decirlo—… el zorro es Sancha, la comadrona.
La joven la miró sorprendida.
—¿Es posible eso? Había rumores entre las novicias. Decían que tú también podías hacerlo, pero yo no lo creía ¿Tú también puedes?
—Sí, mi niña. Ya te lo explicaré. Ahora hay que intentar salvar a Sancha.
—¿Por qué no escapa? Siendo zorro puede correr más que ellos. Además, están borrachos.
—Está muy cansada, casi no puede moverse. Se va a transformar en cualquier momento. No debí dejarla sola. —Se lamentó.
Uno de los hombres azuzó al zorro por la retaguardia y cuando éste se volvió, otro le clavó la punta de la pica en uno de los cuartos traseros. El zorro se revolvió y gimoteó.
—Quédate aquí —le ordenó a Johana—. Y ni te muevas, pase lo que pase.
Antes de que Johana pudiese decir nada, la anciana salió de la espesura, encorvó la espalda y caminó hacia los soldados que, tan concentrados estaban en hostigar al zorro, no se dieron cuenta de su presencia hasta que habló.
—Caballeros, señores —dijo Basoa con voz débil—. No maten a mi zorrito.
Los soldados se pusieron en guardia y desenvainaron las espadas. Uno de ellos, corpulento, barbudo y con una cicatriz en la frente se acercó a ella. El zorro estaba en el suelo, retorciéndose de dolor.
—¿Quién coño eres, vieja? —dijo el soldado.
Acercó con mano incierta la espada al cuello de la Ortiga. Se tambaleaba.
—No soy nadie, señor. Vivo cerca de aquí, pero no tengo nada. Mi zorrito me trae pequeñas piezas de caza para que yo no muera de hambre. Por favor, no lo maten —suplicó.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con sequedad el barbudo.
—María, señor —contestó Basoa bajando la cabeza—. A su servicio y al del Santísimo.
—Buscamos brujas —continuó el barbudo—. En concreto a una anciana a la que llaman la Ortiga, o algo así. ¿La conoces? —se arrimó a Basoa y le levantó la cara para mirarla a los ojos. El aliento del soldado olía a vino rancio.
La Ortiga se apartó de él y escupió en el suelo con fuerza. Luego pisó el escupitajo.
—Sí, señor —dijo fingiendo rabia—. La conozco. Esa puta fue la que me dejó sin nada. Me lanzó un conjuro y todas mis ovejas murieron. Espero que la quemen bien quemada —Basoa se santiguó.
—Ya —dijo el soldado—. Así que te llamas María. Un nombre muy común. ¿Y cómo sé que no eres bruja?
—Dicen que las brujas pueden volar, señor —miró al cielo e hizo un gesto de aleteo con las manos—. Si fuese bruja me iría volando y no podrían cogerme.
—Puede —contestó el hombre agarrándola por el brazo—, pero será mejor que se lo cuentes al inquisidor. Él sabrá si mientes o no.
El soldado se volvió a los otros.
—Matad al zorro de una puta vez y llevemos a esta vieja ante don Juan Valle —sentenció.
Uno de ellos atravesó la garganta del animal con su espada. Basoa gritó y el barbudo le dio una bofetada. El zorro comenzó a revolverse en el suelo. Ante la atónita mirada de los soldados se convirtió en una mujer con la garganta desgarrada y una herida en la pierna.
—¡Brujería! —gritaron casi al unísono— ¡Son brujas!
Dos de los soldados soltaron las armas y salieron huyendo. Basoa aprovechó el momento de desconcierto y, no sin esfuerzo, empujó al soldado de la cicatriz e intentó acercarse a Sancha. El otro soldado que quedaba le cortó el paso y la tiró al suelo de un puñetazo. Entre los dos hombres la sujetaron con fuerza.
—¡Puta! —gritó el compañero del barbudo, un joven pecoso— ¡Arderás en la hoguera!
Un aullido brotó del bosque. Los hombres se volvieron. Frente a ellos había un lobo de pelaje negro con el lomo cubierto por una túnica que un día pudo ser blanca. Los soldados soltaron a Basoa, se santiguaron y retrocedieron unos pasos. La anciana, desde el suelo, levantó la cabeza y mostró una leve sonrisa.
—Mi niña —dijo al lobo con dulzura—. Sabía que tú podías.
El lobo se acercó a ella y le lamió la herida de la mejilla producida por el puñetazo. Basoa metió las manos en el pelaje del cuello del animal y arrimó la cara a su hocico.
—Mi niña —susurró.
Los soldados, aterrorizados, se refugiaron tras unos árboles. Desde allí vieron cómo la vieja se levantaba, ordenaba al lobo tumbarse y cargaba en su lomo el cadáver de la mujer. La anciana agarró el cuerpo desnudo y caminó junto al lobo en dirección al bosque. Antes de desaparecer entre los árboles la vieja bruja se volvió y gritó a los soldados con voz potente y llena de furia.
—¡No os creerán! Nadie cree a unos borrachos. Pero vigilad vuestros sueños. Puede que algún día os visitemos.
El barbudo sintió que le flaqueaban las piernas. No pudo contenerse y vació sus intestinos en los pantalones. Su compañero cayó de rodillas y vomitó vino y bilis en la hojarasca.
El inquisidor Juan Valle Alvarado tuvo noticias de lo ocurrido. Castigó duramente a los que huyeron e interrogó, no con menos dureza, a los otros dos. Consideró que el vino, junto a los hechos extraños que estaban ocurriendo en la zona, habían enturbiado la razón de los hombres. Despachó el asunto con premura ya que tenía trabajo que hacer. Muchos eran los interrogatorios pendientes y quería acabar cuanto antes para llevar a los condenados al tribunal de Logroño.

Meses más tarde un pastor de la zona vio a un lobo enterrar en el bosque el cadáver de una lechuza. No le dio importancia; pensó que guardaba la lechuza para comérsela cuando escasease la caza. Lo que le extrañó, e hizo que se santiguase repetidas veces, fue ver al lobo arrancar un manojo de ortigas y dejarlas sobre la tierra recién removida.

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