Vicente F. Hurtado

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#Relato: Asalto

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Asalto a un castillo en una colina - Francisco de Goya
RelatoASALTO

La escuadra a la que pertenecía el enano Martín ejecutó la formación de tortuga y se encaminó hacia la muralla del bastión urdanista de La Casona. En cuanto quedaron al descubierto, recibieron una descarga de los arcabuceros gnomos desde las troneras. La artillería que les cubría respondió y el humo cubrió el cielo.

—¡No dejéis resquicios entre los escudos! —gritó el capitán de la escuadra con voz ronca—. ¡Pasos cortos y firmes! Que la formación no se rompa o juro por mis barbas que os corto las pelotas.

Martín cubría el flanco derecho. Su compañero de la izquierda mantenía el escudo sobre sus cabezas, repeliendo balas y trozos de mampostería que saltaban de la muralla. Martín tenía el sobaco de su camarada pegado a la nariz y se le estaba revolviendo el estómago. No debía de haber desayunado mollejas de cordero, recalentadas de la noche anterior, y beberse después un vaso de leche fresca de yegua.

—¡Atentos a la descarga! —berreó el capitán—. ¡Pasos cortos y firmes!

Habían caminado diez pasos. Martín eructó y pisó el pecho de un caído con sus botas de hierro, rompiéndole las costillas. El suelo estaba embarrado y cuajado de cadáveres y había que caminar con cuidado para no perder el ritmo. Los arcabuces sonaron otra vez. Un enano fue alcanzado dos filas por delante de Martín.

—¡Hueco, dos derecha, tercera fila! —Un compañero del abatido cantó la posición. La escuadra se adaptó para cerrar la formación.

—¡Hijos de putas elfas! —atronó la voz del capitán—. ¡No dejéis huecos!

Avanzaron otros veinte pasos. El escudo de Martín recibió un balazo y el brazo le tembló. Miró a su compañero, que sujetaba el escudo en alto con ambas manos, y agradeció que no le hubiese tocado ese puesto. Pisó mal y tropezó. Estuvo a punto de caer.

—Joder, Martín —se quejó el de atrás—. ¿Estamos o no estamos?

Martín gruñó e intentó concentrarse. Se miró las botas estaban manchadas de barro, sangre y trozos de carne que bien podían ser vísceras o sesos. Notó pesadez en las piernas y sintió nauseas. Pisó un escudo y se dio cuenta de que era de factura enana. Un camarada caído en el asalto anterior.
El avance era lento pero constante y la sinfonía que les acompañaba era una rítmica lluvia de metal y piedra. Martín se dio cuenta de que no olía el sobaco de su compadre. Miró y no lo vio. Bajó la vista. Estaba en el suelo y tenía un agujero en la cabeza.

—¡Hueco, dos izquierda, quinta fila! —gritó Martín. Alzó el escudo con ambas manos, pasó al puesto de su compañero y dejó que los del flanco cerrasen filas.

Notó el sabor de bilis en la boca y recibió el impacto de una piedra gruesa sobre el escudo. No era un cascote arrancado por los cañones, se trataba de una piedra lanzada desde las almenas.

—¡Atentos! —La voz del capitán sonó entre los disparos—. Estamos a tiro de pedruscos. Apretad el culo y no paréis.

El escudo de Martín recibió varios impactos más. Dentro de la formación los enanos blasfemaban. Varios cayeron y las filas se apretaron. Estaban cerca de su objetivo: el portón de acceso. Su misión consistía en colocar vasijas de fuego de dragón en los goznes para volar la puerta.
Con el estómago ardiendo y los brazos entumecidos, la marcha se hizo eterna para Martín. El capitán les gritaba —cada pocos pasos— que estaban cerca de la puerta mientras balas y piedras se estampaban contra ellos. Paso, impacto de bala, paso, golpe de piedra, paso, bilis subiendo por la garganta, paso, otro enano que caía, paso, las filas se apretaban, paso.

—¡Estamos llegando al portón! ¡Aguantad!

Las filas delanteras de la formación saltaron por los aires. Martín cayó al suelo y sobre él una lluvia de barro, metal y restos de cadáveres. Se puso de rodillas y se cubrió con el escudo; los tiradores gnomos los estaban diezmando. Se dio cuenta de que su propia artillería les había alcanzado; «hijos de putas elfas», pensó. Instantes después un fogonazo brotó de entre sus compañeros de formación muertos. Las vasijas de fuego de dragón habían reventado. Columnas de fuego ocultaron la muralla enemiga. Martín y el resto de supervivientes aprovecharon la cobertura de las llamas para retirarse. Miró atrás. El fuego de dragón no estaba lo suficientemente cerca de la puerta. Corrió con el escudo pegado a la espalda sin poder contener una nausea.
Otro asalto fallido. Otro más. El bastión de La Casona, defendido por gnomos seguidores de Urdán, seguía siendo una plaza inexpugnable.

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