Vicente F. Hurtado

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#Relato: Mi chica del río

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Sirena situada en el parque de la Magdalena
Mi chica del río

No quiero hacerte daño, compréndelo, pero tengo que asegurarme de que realmente eres mi chica del río, la que me besó. Pero tranquila, estoy casi seguro de que eres tú. No has cambiado mucho, por ti no pasan los años. Será cosa del agua. Ahora te meteré la cabeza en la bañera mientras hablamos de nuestro encuentro y te cuento cómo me ha ido la vida.


¿Por qué lloras? Vamos, no llores. El agua de esta bañera es del río, de tu hogar. Venga, mete la cabeza... no te resistas. ¿Qué, qué dices? No, no puedo quitarte la mordaza. Podrían oírte. Vamos, pequeña, mete la cabeza. Yo te ayudo.

Cuando viniste a mí, en aquél local abarrotado y ruidoso, yo estaba empapado de sudor. Vaya estampa; un brazo amarrado a la barra del bar, un camel a medio consumir en la otra y el gintonic frente a mí, de único e inerte compañero. Bebía solo, como de costumbre. La gente con la que había salido estaba esparcida por la pista de baile buscando ligues, o quizás habían cambiado de sitio y no me habían avisado, no lo recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es verte en el centro de la pista, sin compañía, sin bailar, ultrajada por los focos de colores. El vestido ceñido y escotado. Me pregunté quién debía ser el afortunado al que esperabas.
Quieta, estate quieta. No quiero hacerte daño, pero para eso no tienes que resistirte. ¡Pero si te encanta el agua!

¿Sabes que tienes una cara perfecta y unos ojos grises con los que podrías dominar el mundo? Eres menuda, de ese tipo de chicas que te incitan a tenerlas entre los brazos eternamente. Aunque no te mentiré; te miré el culo y las tetas. Recuerda que tenía diecinueve años. Bueno, ahora tengo bastantes más y, qué quieres que te diga, tienes un cuerpo de escándalo y no soy de piedra.

No te muevas tanto, por favor. Estás salpicando todo y luego tendré que fregar el baño.

Cuando te acercaste miré el fondo del vaso de mi gintonic —no quería que me vieses devorarte con la mirada— y dejé un pequeño hueco en la barra, con disimulo, para que fueses a pedir allí. Pero no llegaste a la barra. Paraste frente a mí. Un segundo bastó para que me atrapases. Tú mano rozó la mía —el camel cayó al suelo avergonzado ante tu caricia— y acercaste tu boca a mi cuello sudoroso. «Ven conmigo», susurraste. Tomé tu mano y me dejé llevar. Creí que me llevabas a bailar a la pista y, sinceramente, me acojoné: nunca había bailado con una chica. Pero no. Cruzamos la pista cogidos de la mano. Nos miraban y nos abrían paso. En realidad era a ti a la que abrían paso, a tu belleza y sencillez. En los ojos de los que nos rodeaban había lujuria y envidia.

Hacía frío esa noche, ¿te acuerdas? Tú no tenías chaqueta y la mía se quedó abandonada encima de la barra. Yo tiritaba, tú no, y eso que tenías la mano helada. No te puedo decir si caminamos durante mucho tiempo o fue un paseo corto, quizás tú lo sepas. Ya me contestarás cuando te saque la cabeza del agua y te quite la mordaza. No seas impaciente. Espera un poco más.

Perdí la noción del tiempo agarrado a tu mano. Llegamos al puente de piedra. La noche agonizaba y el agua del río se mecía lentamente a nuestros pies. Entonces tú soltaste mi mano, tomaste mi cara entre las tuyas y me besaste. Se me eriza el vello al recordarlo. Mi primer y único beso. Tu beso. Cuando acabó, abrí los ojos y los fijé en tus labios. «Ven», dijiste. No entendí a qué te referías hasta que saltaste al agua. Sacaste la cabeza y me gritaste: «Ven, ven a mi mundo».

Ya estás más tranquila, ¿verdad? Ya te dije que es agua del río. Ahora te soltaré el cuello, ¿vale? Quédate un ratito más en la bañera mientras acabo la historia.

No lo dudé, lo sabes. Me lancé y, bueno, perdí el conocimiento: varios cubatas, un par de porros, el agua del río helada, el ansia por saborear tus labios de nuevo... Un tipo, que buscaba un lugar íntimo junto a su novia entre la vegetación de las orillas del río, me vio caer y llamó al 112. Tuvieron que reanimarme. Se montó una buena. Incluso fui portada del periódico local. ¿Lo puedes creer?

He estado varios años encerrado en el psiquiátrico porque les hablé de ti, ¿sabes? Dicen que quise suicidarme y que tú eres una invención mía. Que no existes. Al principio lo pasé muy mal. Quería ir a buscarte, pero no me dejaban y yo me resistía. Me ataban a una camilla y me chutaban mierdas que me dejaban lelo durante horas. Que era por mi bien, decían los cabrones. Me costó, pero al final comprendí que no iban a dejarme en paz si no hacía lo que ellos decían. Así que aprendí a mentir y les dije que no existes, que quise suicidarme porque era un inadaptado social y todas las chorradas que ellos querían escuchar. Así conseguí salir para poder buscarte. Y aquí estás.

Venga, no te hagas ahora la tímida. Saca la cabeza y llévame a tu mundo, mi chica del río.

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